Crisis del euro


El debate que precedió el establecimiento de la unión monetaria europea tuvo dos ejes principales: por un lado los ingleses que decían que no era necesario unir los proyectos nacionales en una sola moneda y por otro lado, los más fuertes teóricos, que mantenían que la moneda única facilitaría y fortalecería la integración.

Los líderes históricos impusieron su visión y a partir de 1999 nos hemos acostumbrado a que Europa tiene una sola moneda, que es muy fácil para el turismo, pero que todo es mucho más caro que en el resto del mundo. En paralelo, los líderes políticos han evolucionado a una generación pragmática, guiada más por las fluctuaciones de las bolsas, que por el proyecto comunitario. En palabras del líder checo Vaclak Havel esta semana, ahora la economía la manejaban los economistas y no los políticos.

La idea de una moneda común llenó de miedo a todas las sociedades, menos a la Alemana que había dejado en claro que la nueva moneda que sustituiría al fuerte marco debía ser tan fuerte como la anterior. Pero, para los países con economías influenciadas por las devaluaciones de sus monedas, como era el caso de la peseta española, la lira italiana o la dracma griega, vieron con susto la amenaza. Sin embargo, rápidamente se adaptaron a tener euros en la cartera, mientras los exportadores y los gobiernos comenzaron a recibir el castigo en sus cuentas haber perdido el control de sus monedas.

La recesión económica mundial encontró a Europa con proyectos políticos nacionales contrapuestos. Por un lado, Alemania y Francia casi inmunes a la crisis, quieren mantener sus economías estables apuntalando su “euro”. Por otro lado, Irlanda, Portugal, España, Italia o Grecia, querían prevenir su crisis adaptando su “euro” a una devaluación que lo hiciera más competitivo. El criterio alemán se impuso y el euro vive su crisis más aguda.

El día miércoles, el eje Berlín-París exigió claridad a Atenas sobre su verdadera voluntad de pertenecer a la zona euro, a raíz del anunció un referéndum popular para aprobar el plan de ajuste para continuar disfrutando del euro. Sin embargo, los presidentes de Francia y Alemania anunciaron la congelación de todas las ayudas a Grecia, incluido el FMI, hasta que quede en claro la responsabilidad del Gobierno frente a las obligaciones del Euro.

Si la máxima política, “el primer deber de un gobierno es seguir siendo gobierno” se cumple, Grecia debería abandonar la zona euro antes de que el Gobierno de Papandreu caiga victima de las presiones sociales. Pero el peligro para Europa es que el efecto dómino siga y las economías más débiles se unan a la griega.

Sólo medidas de gran costo político y económico, como una devaluación del euro y un ajuste general del proyecto europeo podrían salvar la situación a mediano plazo. Al corto plazo, los países más débiles están muy solos.

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