Obama de gira en América del Sur


En Paris, bajo la convocatoria del Presidente Sarkosy, se reunían el sábado las potencias occidentales para planear la forma en que se pondría en práctica el acuerdo de ONU para imponer la fuerza al gobierno de Gadafi en Libia.

Horas antes, la tensión en tres cancillerías latinoamericanas no se disimulaba: ¿suspendería su viaje a la región el Presidente Obama? Pero, no. La Casa Blanca mantuvo el rumbo de la visita y casi en paralelo con el inicio de las operaciones en territorio libio, el gran Boeing 747 de la Fuerza Aérea de EE.UU. aterrizó en Brasilia. Allí comenzaron las tensas reuniones con Dilma Rousseff, donde en cada encuentro público la presidenta reclamó las barreras comerciales a los productos brasileros y la necesidad de la reforma del Consejo de Seguridad de la ONU, para que Brasil pudiera ocupar un sillón permanente.

La primera parada en Brasil es casi obligatoria para cualquier jefe de estado actual: el gigante amazonico es la séptima economía del mundo, la sede del mundial de futbol del 2014 y de las olimpiadas del 2016. La primera gira real latinoamericana de Obama en sus dos años de mandato, ya que la anterior tuvo más que ver con otras agendas y racionalidades como el Caribe o la frontera con México, tendría que incluir a Brasil. Pero, ¿Cual es la lógica de los otros dos destinos Chile y el Salvador?

Chile es uno de los socios claves del continente para los Estados Unidos, posee el único tratado de libre comercio en funcionamiento en la región y la estabilidad de la transición democrática justifican la presencia del Presidente Obama. En otras palabras, asegurar a los buenos socios es siempre una buena estrategia en un continente como el nuestro, que tiende tanto a los extremos.

El Salvador, es una respuesta inteligente a un problema complejo. El pequeño país centroamericano representa a una región que sufrió mucho de las políticas republicanas de la era Reagan; además acaba de firmar un tratado de libre comercio con el resto de sus vecinos y la llegada al gobierno de un líder del FLMN, antiguo grupo guerrillero, como el Presidente Mauricio Funes constituyen una buena justificación. Para El Salvador la agenda bilateral es muy ambiciosa: problemas de seguridad relacionados con la migración, que luego se mezclan con las bandas armadas de inmigrantes, conocidas como Maras y que operan en la región, representan un grave problema de seguridad.

Sin embargo, para Obama la visita a dos líderes de izquierda Roussef y Funes tiene un gran efecto en la región: es posible una tercera vía de izquierda, que no representa ni la violencia guerrillera colombiana, ni la estridente diplomacia de micrófonos de Venezuela. El debate parece estar abierto.

Los resultados en la práctica dependerán de la voluntad de Obama en un momento político interno complejo, en temas sensibles como migración y seguridad. Pero, en cualquier caso, los gestos fueron buenos y se agradecen en el continente.

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